El agua
Por: Carlos Tello Díaz-Carta de París / Milenio Diario
Si pagáramos el agua, reduciríamos el consumo. Si pagáramos el agua, sobre todo a su valor real, acabaríamos con el desperdicio.
Jul 25, 2009 - 2:24:53 PM
La falta de agua no siempre fue un problema en México. Hace medio siglo, el país tenía una disponibilidad de agua considerada “alta”: 11 mil 500 metros cúbicos por habitante por año. Hoy tiene una disponibilidad “baja”: 4 mil 900 metros cúbicos, menos de la mitad.
El problema es particularmente grave en el Valle de México, que estaba antes regada por una superficie lacustre de más de 2 mil kilómetros cuadrados, enorme, y que tiene hoy la más baja disponibilidad de agua de todas las 13 regiones hidrológicas de la República: apenas 230 metros cúbicos por habitante por año, unas cien veces menos que la que tiene por ejemplo la región en la que está Tabasco. El 70 por ciento del agua que consume la Ciudad de México sabemos que proviene de los acuíferos locales, la mitad de los cuales está sobreexplotada; el resto, 30 por ciento, tiene que ser importado de Lerma y Cutzamala. Pero no basta. Es milagroso que todavía hoy, al abrir un grifo, el agua fluya.
¿Qué podemos hacer?
Las autoridades, mucho: construir plantas de tratamiento de agua, bajar el nivel de fugas por las que actualmente desaparece la tercera parte del agua que está entubada, actualizar las tarifas, detener la sobreexplotación de los mantos friáticos, en fin, mejorar la infraestructura hidráulica.
Pero me quiero concentrar en lo que debemos hacer los ciudadanos, si queremos dejar de ser la sociedad peticionaria, quejumbrosa y pedigüeña en la que nos ha convertido la historia. Es una, fundamentalmente: pagar el agua. Si pagáramos el agua, reduciríamos el consumo. Si pagáramos el agua, sobre todo a su valor real, acabaríamos con el desperdicio: habría muy pocos individuos lavando sus coches con mangueras y jalando sus escusados cada vez que tiran un Kleenex al retrete.
Es común que los usuarios domésticos y las instituciones públicas no paguen el agua, y también es común que los municipios no paguen el derecho de agua en bloque a la Comisión Nacional del Agua. La ley lo permite porque no castiga el incumplimiento. Y la costumbre lo avala. “No paguen el agua, el agua la da Dios a todos parejo”, decía una pinta que vi una vez en Tlayacapan. El agua no se cobra: es de la nación, lo que se cobra es el servicio, que proveen las autoridades y que hay que pagar.
Cada ciudad, en cada país, tiene un sistema distinto para fijar sus tarifas de agua. Tokio, por ejemplo, cobra 10 veces más por el agua que consumen sus habitantes, a pesar de tener una disponibilidad similar a la de México. También París, que tiene en cambio una disponibilidad mucho mayor. En la Ciudad de México se paga hoy alrededor de una tercera parte del costo real del agua (o sea, lo que cuesta extraerla del subsuelo e importarla de las cuencas, transportarla, potabilizarla, distribuirla, administrarla, captarla en el alcantarillado y desalojarla después en el Valle del Mezquital).
Por esta razón es necesario y urgente un esquema de tarifas que refleje el costo real del agua, acompañado por una reforma en la ley que castigue el incumplimiento y un esquema de subsidios cruzados que permita que las zonas de pocos recursos tengan acceso al mismo servicio de calidad en función a su ingreso. Hoy la situación es al revés: los más pobres son los que más caro pagan el agua, que a menudo tienen que comprar en pipas. Los que la tienen en tubos la tienen subsidiada y a veces ni siquiera la pagan.
ctello@milenio.com

