Lo positivo que trae la crisis
Por: Francisco Fernández Castillo / Reforma
Habrá un acelerado desarrollo de los mercados de derechos a contaminación que, en pocos años, desplazarán en capitalización y en importancia a los mercados de valores actuales.
Aug 23, 2009 - 11:04:21 AM
(19 de agosto). Este año, el nuevo ciclo escolar llega con noticias relevantes. Por encima de todo destacan las recientes estadísticas macroeconómicas en las locomotoras de Occidente. Estados Unidos, Alemania y Francia ya comienzan a mostrar signos de recuperación en PIB y empleo, los aspectos más castigados en los meses pasados. Si bien esta noticia permite detectar (ya en el pasado) un "piso" en las consecuencias negativas de la crisis que comenzó hace casi un año, no necesariamente se tiene que concebir como un "punto de inflexión" en el camino de vuelta a donde estábamos antes.
Las crisis nadie las quiere. Pero hay que reconocer que de las crisis se aprende y, en no pocas ocasiones, los cambios producidos implican que se sale reforzado. En esta ocasión, lo anterior no será excepción, al menos a nivel global. Se provocarán cambios de paradigma que hoy ni siquiera podemos imaginarnos o que, aunque sí los conocemos, llegarán mucho antes de lo que nuestra inercia socioeconómica quisiera soportar.
Una de las consecuencias más inmediatas de la crisis a nivel global es que el poder adquisitivo teórico de los particulares disminuirá. Lo anterior, consecuencia de un menor ánimo para el gasto y una mayor restricción del crédito. Esto no es, en principio, una buena noticia para la generación de empleos, ya que la demanda se contraerá. Una de las formas en las que se saldrá de esta situación será con el aumento de la productividad marginal, la cual se logrará, entre otros modos, "abrazando" todo lo que "huela" a ahorro.
De entre los ahorros, actuará como locomotora el energético. Por un lado, a nivel países se conseguirá reducir rápidamente la dependencia del petróleo, gas y carbón para la generación eléctrica. Lo anterior, principalmente, vía un crecimiento exponencial de las energías renovables, destacando la eólica, la termosolar y la fotovoltaica, la hidráulica, la nuclear y la maremotriz. Por otro lado, se avanzará significativamente en la reducción del consumo de energía, destacando el desplazamiento del foco tradicional por el LED y el del motor de los automóviles basado en el ciclo de Carnot por el eléctrico. Ambos supondrán ahorros de hasta el 70 por ciento del gasto mensual actual de una familia media de cualquier país desarrollado, menores presiones a la producción de energía y mayores beneficios para la salud y el medio ambiente.
Lógicamente, a la planta productiva le llevará más tiempo evolucionar, fruto de los largos periodos de amortización que determinados bienes de capital tienen. Por otro lado, existirá un mayor cuidado y control del impacto medioambiental. Un compromiso de los dos aspectos anteriores será el desarrollo, también acelerado, de los mercados de derechos a contaminación que, en pocos años, desplazarán en capitalización y en importancia a los mercados de valores actuales.
Nunca he pretendido vivir de ser un oráculo. Pero tampoco hace falta ser un genio para entender el momento en el que nos encontramos, así como algunas de las consecuencias y oportunidades más inmediatas. Se avecinan cambios de paradigma sin precedentes. Importantes empresas y empresarios de hoy dejarán potencialmente de serlo y su lugar lo tomarán otros que hoy ni siquiera tienen escala o relevancia estratégica. Lo anterior también puede ser verdad a nivel de país. Capitalizarlo o no dependerá de entender las ventajas y desventajas comparativas que se tienen pero, lo más importante, hacerlo en relación a los nuevos retos y oportunidades. Lo contrario podría llevarnos a buscar la mejora en donde ya no hay futuro.
Una de las bellezas que tienen las crisis es que otorgan segundas oportunidades a individuos, empresas y países que en un continuo estarían siempre condenados a no destacar y a no prosperar de manera relativa a otros. La competitividad de los países tiene un nuevo aliado o enemigo como factor: la necesidad o la posibilidad de destacar en nuevos sectores e industrias en donde quizá los países menos desarrollados estén en mejor situación de partida que los que ya lo están.
De ser así, quizá México pueda posicionarse como jugador clave en algunas de las nuevas fases y facetas de la economía que viene. De seguro, se acelerará el flujo de nuevas oportunidades en muchos campos como el comercio exterior, la salud, la logística, los servicios, el medio ambiente, la genética, etcétera. Como tenemos la suerte de que activos y circunstancias hay, una vez más, pondremos a prueba nuestra predisposición a asumir y aprovechar los cambios de manera decidida.
—Francisco Fernández-Castillo es director de Investigación del Instituto Mexicano de la Competitividad.

